Todos los descubrimientos atestiguan que el uso de la coca en América del Sur se desarrolló aproximadamente hace 20,000 años antes de Cristo. Pero indudablemente las evidencias arrojan desde los 3,000 años antes de Cristo, con los primeros grupos de Lauricocha, Toquepala y Paccaicasa.

Garcilazo de la Vega indica que el uso de la coca se ha generalizado en los pueblos originarios de los Andes y el Altiplano; así como lo demuestra la existencia de los huacos retratos de las culturas Pukara, Tiawanaku y Chimu en los que se inmortalizó algunos personajes con su respectivo "bolo".

Todo nos hace suponer que los habitantes pre-incaicos del Perú tuvieron contacto con la planta,  unos  veinte mil años atrás. Esto parece desprenderse  de la más  remota evidencia  conocida hasta ahora constituida por una  pieza  de cerámica que representa un rostro con  protuberancia en la mejilla, perteneciente a la cultura  valdivia, encontrada en la costa sur  entre ecuador y  Perú  y fechada  en unos  tres mil años  antes de cristo. Piezas similares fueron encontradas en la rivera superior de los valles peruanos que pudieron haber  sido utilizadas  igualmente  unos dos mil años antes de Cristo.

La coca era adorada como una deidad, hija de la Pachamama (madre tierra). Pero su uso principal era como ofrenda al Sol, a la Pachamama y a otras deidades, a las huacas, a las apachetas es decir a lugares sagrados, a personas y a conceptos natos.

Por otro lado, también se acudía a las ofrendas de coca en circunstancias particulares, para pedir favores a los elementos (lluvia o sol), en los ritos agrícolas o para festejar el final de una obra (chálla). Existían varios procedimientos en el marco de las ofrendas: las hojas enteras, masticadas o bien empapadas en chicha derramada.

Durante el imperio inca, la coca fue objeto de uso político, al ser una parte importante en la reciprocidad y ofrendas al inca. Se obsequiaba a los representantes de los grupos recientemente sometidos al imperio. En este sentido, la producción fue sometida a un control estatal, (directo, o indirecto, mediante la construcción de cocales destinados al inca), que llevó a los cronistas a pensar en la práctica de un consumo exclusivo de coca por parte de la élite política, religiosa y militar incaica.

Los españoles llegaron al Perú en momentos de una grave crisis en las cumbres del poder de los gobernantes incas. Esta fue una coincidencia feliz para los conquistadores, a pesar de todo, la resistencia a su régimen fue intensa. Pero los ibéricos optaron por muchas medidas para aprovechar la cultura de los pueblos andinos.

La carta de Américo Vespuccio, del 4 de septiembre de 1504, en la que describe su viaje a la costa septentrional de sud-América en 1499, parece probable que este haya sido el primer escrito que se conoce sobre el uso de la coca, un hábito que estaba mucho más extendido en los comienzos del siglo XVI de lo que está hoy.

Durante la decimasexta centuria todos los juristas, teólogos, economistas, gobernadores preocupados desde sus respectivos puntos de vista debido al uso fuertemente ceremonial de la coca entre la población andina y una perspectiva económica prometedora para los españoles, desató polémicas, enfrentando por un lado, a jerarquías eclesiásticas, y por otro a grupos político-económicos.

Los primeros, pretendiendo eliminar la coca, y los segundos, conservando e incentivando la producción, comercio y consumo de la misma.

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